Un periplo venezolano. Por César Yanes.

Un periplo venezolano. Por César Yanes.

La gira internacional de 2019 marcada por INSULARIA Teatro tenía entre otros destinos las tierras bolivarianas de Venezuela. Lo sabíamos desde hacía ya varios meses, tras los acuerdos mantenidos con Niky García, uno de los organizadores del genuino Festival Internacional de Teatro de Caracas, y a quien tuvimos ocasión de conocer durante las jornadas del MAPAS (Mercado de Artes Performativas del Atlántico Sur) del año pasado en la capital de Tenerife, junto a otros programadores como Roberto Cardozo, quien tuvo a bien invitarnos a Paraguay, donde hemos vivido igualmente una experiencia inolvidable. Le estamos enormemente agradecidos por ello.

Venezuela, sin embargo, suponía una aventura muy diferente: primero por lo que tenía de sentimental regresar a la tierra donde uno nació, a pesar de haberse ido de ella a tan temprana edad. Cosas de la vida. También porque es la tierra que vio nacer a nuestro compañero Gerardo Barrios, por lo que la emoción no hacía sino agigantarse más y más a medida que se acercaba la fecha del viaje, habida cuenta de que el espectáculo que íbamos a llevar al Teatro Nacional de Venezuela (¡!) estaba firmado por él. Igualmente emocionante suponía el hecho de viajar a un país asediado mediáticamente por una prensa que internacionalmente no pierde la más mínima ocasión de referirnos al mismísimo infierno dantesco como el estado natural del lugar, y eso –queramos o no– activa nuestras precauciones, por más que uno intente evitar dejarse llevar por los prejuicios y las satanizaciones. Ya en Caracas, descubrimos que algunos grupos de teatro directamente habían rechazado la invitación del Festival, como consecuencia de esa desinformación. Bueno, allá cada cual. Insularia Teatro no se lo pensó mucho. Nada nos hacía más ilusión que conocer la reacción de un público como el venezolano ante una pieza de teatro que habla de dos Españas, de una amistad quebrada fundamentalmente por diferencias políticas y, en definitiva, de una obra que se declara –no es ningún secreto- antifascista y republicana. Ironías aparte, la última función la dimos justo el día en que el país celebraba 209 años de la proclamación de independencia del reino de España. El resultado ha sido apoteósico: lleno absoluto en las tres funciones, comentarios y felicitaciones innúmeras por parte de los espectadores tanto en redes como en mails privados, satisfacción del festival con la acogida de la propuesta, y en fin, la sensación de saber que nuestro viaje no fue en vano, que ha servido para hermanarnos, para conocer de cerca la realidad de un país que no se le parece ni por asomo a lo que nos cuentan del otro lado del atlántico, y para descubrir (más allá de los criterios políticos) la voluntad de un pueblo que defiende la cultura en las circunstancias más adversas. Por si todo esto fuera poco, nuesta compañía fue honrada con la Orden Cacique Nigale, otorgada por la Alcaldía del municipio de Maracaibo, orden que es símbolo de cultura, paz y fraternidad. Gracias.

Ahora, ya en la distancia, todo me parece un sueño. Y se me vienen a golpes los versos de Segismundo… “yo sueño que estoy aquí / de estas prisiones cargado / y soñé que en otro estado / más lisonjero me vi”.

Por los amigos caraqueños y maracuchos que hemos hecho en el camino (ellos saben quiénes son, nombrarlos aquí nos ocuparía páginas enteras), por el trato tan profesional y cariñoso del Festival Internacional de Teatro de Caracas 2019, por los compañeros venezolanos de profesión que mantienen vivo el arte escénico en medio de tantas complicaciones y con tantísima calidad y dignidad, por haber sido parte del camino y del aprendizaje de nuestra compañía no puedo sino, en nombre de quienes formamos parte de INSULARIA, dar las gracias de todo corazón a quienes hicieron posible una experiencia así. Ninguna tristeza nos invade, porque uno se pone triste cuando presiente que no volverá más a ese lugar.

Pero a Venezuela volvemos.

Seguro.